
Bibiana Aído promete el cargo de Ministra de Igualdad.
Contaba
Felipe González que cuando se aprobó la
Ley del divorcio allá por 1981, algunas personas no entendieron del todo de qué iba aquello y en principio fue objeto de un fuerte rechazo no sólo por los sectores (moralmente) más conservadores de la sociedad española (hoy
ciudadanía) sino que hubo quien llegó a pensar que con la nueva Ley les iban a obligar a divorciarse. Posteriormente, muchas de las personas que se mostraban escépticos con la Ley e incluso aquéllos que se oponían frontalmente a ella decidieron beneficiarse de su contenido, una vez superado el complejo de culpabilidad tan enraizado en una España católica que empezaba a perderle el miedo y el respeto a según qué cosas en aras del progreso y la modernización.
Fuera de los
casos legalmente tasados (
eugenésico, terapéutico y ético) y dentro de los plazos que en cada caso
la actual Ley establece -y aún dentro de ellos, en determinadas circunstancias podrían discutirse- no se me ocurre ninguna otra razón para
abortar que el
miedo, el
egoísmo y la
irresponsabilidad más absoluta. No obstante, el debate sobre el anteproyecto de la nueva Ley del aborto entra dentro del ámbito de la moral, empezando por su denominación misma como
derecho, siguiendo por la
capacidad exigida para ejercitarlo y terminando por la propia
finalidad perseguida por la nueva regulación. Y cada uno tiene la suya (su moral y su forma de pensar). Así que, en base a mi propia moral y teniendo en cuenta que el corazón de un embrión humano comienza a latir aproximadamente a las cuatro semanas de gestación, voy a empezar por acordarme de los muertos más frescos de
Pilar Bardem y su aquelarre de feminazis que fueron a recibir al puerto de Valencia el mes de octubre pasado al barco abortista de la
ONG Women on Waves, al grito de
nosotras parimos, nosotras decidimos, como si aquello fuera una gran fiesta por los enormes logros y avances en los derechos de la mujer. Todo sea por el progreso y modernización.