
La viuda quería Cuesta de los Chinos y al final ha habido Paseo de los Tristes y Cuesta de los Chinos. Ni que decir tiene que hemos llegado arriba cuando todo había terminado. Mejor; así hemos podido echar un ratico tranquilo delante del mármol blanco y no ha habido necesidad de promocionarse entre artistas y personajes. Ya era casi de noche así que la bajada ha sido muy agradable, esta vez por el bosque. Al llegar abajo nos hemos tomado el vino reglamentario después de este tipo de actos sociales. Nada más entrar por la puerta de la taberna y antes de que pudiera estrechar su mano, el gran
Y. ha empezado a contarme que una de las imágenes que guarda de los 80, cuando acompañaba al toque a Camarón y a Morente en sus actuaciones en París, es la del Maestro esperando ante el nº28 del Boulevard des Capucines, con las manos en los bolsillos de su trenca, una prácticamente igual a la que llevo puesta en ese momento.
J. estaba más serio. Ha suspendido todas las actuaciones de la semana en su local. En Granada, al menos ahí arriba -dice mirando hacia Valparaiso y bajando la voz, pues tenemos un Habichuela a medio metro- no se le quería demasiado. De hecho, muchos de los que te habrás encontrado en el cementerio eran detractores suyos. Para los
flamencos de esta ciudad tenía dos problemas fundamentalmente. El primero, que no llevaría nunca bastón con flecos en la mano; y el segundo, que era... que
es el mejor. Lo demás son gilipolleces, y que nadie más que él tiene cojones de helarte la sangre a base de tarantas desde lo hondo de una mina o de quejíos en un tema de diez minutos de unos yeyés que hacen
powerpop.